La Paz, 19 de junio de 2026
A las 13:30, un grupo de estudiantes del Instituto CEFIM se reunió en las puertas del instituto para iniciar una experiencia distinta a la del aula. El destino era el Huerto Orgánico Lak’a Uta (HOLU), un espacio donde la producción, el cuidado colectivo y el aprendizaje conviven todos los días.
La mayoría de las y los participantes pertenecían al primer y segundo semestre de Gastronomía, una etapa de formación en la que acercarse al origen de los alimentos se vuelve una experiencia clave para comprender que cocinar también implica conocer los procesos, las personas y los territorios detrás de cada ingrediente.
Al llegar, las y los estudiantes fueron recibidos por el equipo del huerto y uno de sus voluntarios, quienes dieron la bienvenida y presentaron la lógica de trabajo que sostiene este espacio comunitario: un modelo donde existen áreas compartidas que se cuidan entre todas y todos, mientras que cada familia o grupo productor mantiene y aprovecha su propia producción.
La visita comenzó recorriendo las áreas comunes del huerto. Uno de los primeros puntos fue conocer el proceso de producción de abono orgánico mediante lombrices californianas. Más allá de explicar la técnica, quienes acompañaron el recorrido compartieron algo que llamó especialmente la atención de las y los estudiantes: el proceso de prueba, error y aprendizaje que permitió alcanzar la calidad del abono que hoy producen.










La conversación giró alrededor de una idea constante durante toda la jornada: el conocimiento técnico es importante, pero también lo son la práctica, la observación y la experiencia construida día a día.
Más adelante, el recorrido continuó entre plantas medicinales. Allí se explicó no solo cómo se cultivan y utilizan, sino también la importancia de recuperar conocimientos ancestrales vinculados al cuidado de la salud y la relación con la naturaleza. El espacio abrió conversaciones sobre formas más integrales de entender el bienestar y el valor de saberes que siguen vigentes.
La visita siguió hacia uno de los espacios que más curiosidad despertó: un estanque lleno de renacuajos. En ese punto, el grupo conoció el papel que cumplen sapos y ranas como bioindicadores de un ecosistema saludable, además de su contribución al control natural de plagas. La reflexión sorprendió a varias personas: incluso en medio de la ciudad es posible construir espacios donde el equilibrio ecológico se mantenga.
Las preguntas no se hicieron esperar.
“Lo que más me gustó fue aprender sobre el compostaje con lombrices. También disfruté mucho el sector de plantas medicinales; muchas veces solo las había visto a la venta, pero nunca había tenido la oportunidad de conocerlas tan de cerca”.
Karen Zalles












El recorrido continuó por algunas de las carpas de familias productoras, donde cada una compartió qué cultiva, cómo organiza sus ciclos de producción, cuáles son sus principales desafíos y de qué manera el huerto se convirtió en una herramienta importante en momentos de dificultad económica o incertidumbre.
En cada parada, las y los estudiantes participaron activamente, preguntando, observando y conectando los contenidos aprendidos en formación con experiencias concretas de producción y sostenibilidad.
Este tipo de intercambios tiene un valor especial para la formación gastronómica porque permite que las y los estudiantes conozcan de primera mano sus insumos, comprendan los ciclos de producción, valoren el trabajo agrícola y fortalezcan una relación más consciente con los alimentos que luego transformarán en cocina. Entender de dónde vienen los ingredientes también forma parte del aprendizaje culinario.
Para cerrar la jornada, llegó el momento de ensuciarse las manos. Cada participante sembró semillas, entre ellas apio, acelga y zanahoria, con la idea de llevarlas consigo, acompañar su crecimiento y cosecharlas más adelante como recuerdo vivo de la experiencia.
Finalmente, el grupo compartió una ensalada de frutas preparada colectivamente, cerrando el encuentro alrededor de una mesa común antes de emprender el retorno al punto de partida.
“Me ha gustado mucho la importancia de estos espacios para la vida. Y, específicamente dentro de la carrera, nos ayudan a alimentarnos y es muy importante conocer los orígenes de los alimentos…”
Tatiana
La visita al Huerto Orgánico Lak’a Uta (HOLU) dejó algo más que conocimientos técnicos: abrió preguntas, acercó experiencias reales de producción y recordó que aprender también significa salir del aula, observar, conversar y construir conocimiento junto a otras personas. Además, reforzó una idea central para quienes empiezan su camino en gastronomía: detrás de cada plato hay personas, procesos y saberes que vale la pena conocer y valorar.
Estas actividades son posibles gracias al apoyo de Reledev y Australian Aid.